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Nervios, ansiedad, intranquilidad son las emociones que sentía a la hora de entrar en la universidad. Sin embargo, conservaba una actitud optimista y en el fondo, viniendo de un colegio con clases en otro idioma y un sistema extranjero, solo sabía que sería un primer año inolvidable en la Universidad Camilo José Cela.

Mi historia comienza en un colegio americano en Madrid donde, irónicamente, el español era el idioma secundario con tan solo una hora de clase y el resto en inglés. Ellos utilizaban el sistema americano visto en las películas donde se empleaban letras (A+, A, A-, B+, etc.) en vez de números. De ahí, mi preocupación por el sistema «extranjero» (en realidad nacional) al que tendría que adaptarme. De hecho, en el colegio había oído rumores de como el sistema español era más difícil y complicado y esto solo sirvió para aumentar mi inquietud.

Además, ese colegio había sido (y es) como un segundo hogar para mi en el que prácticamente me había criado desde los tres años. A decir verdad, en ningún momento había cambiado de colegio o casa así que era como un pájaro abandonando el nido por primera vez. Más aún, vivo en un pueblo así que no solía visitar la ciudad de Madrid donde se encuentra el campus de la UCJC.

Generalmente desconocía como utilizar el transporte público así que una y otra vez recorrí el camino de ida y vuelta de Príncipe Pío a la calle de Almagro, deambulando los pasillos del metro. Al fin y al cabo, era tan solo una persona de campo en la ciudad.

Cuando llegó el día, partí a la universidad sin saber que esperar. Seguí el camino que había aprendido con un mayor sentimiento de ansiedad con cada paso. Sin embargo, lo que encontré fue un ambiente familiar, cálido y cercano donde fui inmediatamente recibido por mis compañeros y profesores, integrándome rápidamente en la clase. Me dieron el código para poder entrar en el grupo de WhatsApp y desde ese momento las clases y los días pasaron rápidamente.

La universidad conservaba ese carácter cosmopolita al que me había acostumbrado con el colegio, con personas de todos lados del mundo desde China a Perú, México y Argentina. Es más, muchas de estas personas también habían estado en colegios americanos. Además, los profesores, igual de amables y considerados, hacían que la universidad simplemente pareciese una mera extensión de las clases de español que había tenido en el colegio.

No obstante, había algunas diferencias. Ya no se llamaban a los profesores por su apellido y aún hacía falta hacer ese primer examen con el nuevo sistema de calificación. En un principio, me parecía imposible. Me sentía desesperado y perdido. Los nervios se apoderarían de nuevo de mi pero no tardaría en descubrir que, aunque el nivel era más alto al estar en la universidad, el sistema en realidad tampoco era muy distinto.

A continuación, vendrían mis primeras prácticas. Un proceso completamente nuevo, interesante y revelador donde descubriría de primera mano como se organiza un evento y todo el trabajo, esfuerzo y recursos necesarios para llevarlo a cabo. Tenía que organizar cada segundo de mi tiempo, planificando exactamente a que hora debía salir de la universidad para volver a casa a comer y mirar como dirigirme al lugar al que había sido destinado en las prácticas (que cambiaba prácticamente cada día). De ahí, básicamente debía salir de inmediato. Fue una experiencia dura pero gratificante.

Después, llegarían los exámenes finales del primer semestre, el último obstáculo o frontera. En este caso, me resultarían algo más fáciles al estar más acostumbrado al sistema y al haber realizado varios exámenes parciales eliminatorios.

Finalmente, mi trabajo y esfuerzo darían su fruto y tendría unos grandes resultados, liberándome de cualquier duda que tenía al principio del año sobre si realmente podía adaptarme y conseguir buenas notas. De esta manera, la Universidad Camilo José Cela ha pasado a ser verdaderamente un tercer hogar para mi.

 

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Cariño, devoción y una fidelidad absoluta. Eso es lo que nos hace sentir un perro, y son las cualidades que trabajo todos los días, algo que se lo debo a mi abuela, que era jueza internacional de exposiciones de perros, lo que me permitió crecer rodeado de animales. También, siento que mi identidad está dividida entre dos países, España y Estados Unidos. Desde los tres años he estado en un colegio americano en Madrid, mi segunda casa, y ha hecho que tenga una mentalidad abierta y comprensiva. Además, pienso que la curiosidad es un regalo de la vida que nos permite avanzar y crecer como personas. De hecho, desde pequeño la curiosidad ha sido mi motor en temas como la tecnología y la literatura. Esto me ha permitido desarrollar mi creatividad, y adaptarme a todo tipo de situaciones. De ahí, a que mi pasión sea conocer la magia que ocurre más allá del escenario, detrás del telón, y saber como se organiza un evento.

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